Siempre se ha dicho que un objetivo con una focal fija de 50mm no produce deformaciones en las imágenes. Las líneas rectas fotografiadas a través de ellos serán completamente rectas y, por lo general, van a ser los objetivos que más calidad de imagen den, mayor apertura tengan y, además, vamos a poder adquirirlos a un precio bastante asequible para las prestaciones que ofrecen.
¿Dónde está el secreto de estas ópticas? ¿Por qué pagamos veinte veces más por un objetivo 70-200 f/2.8 que no es tan luminoso ni tan nítido como un simple AF Nikkor 50mm f/1.8 D que nos ha costado apenas 120 euros?
Pues bien, no hay truco ni secreto: la sencillez es la clave de todo esto. Un 50mm es un objetivo con una construcción óptica simplísima. Con apenas seis o siete lentes dispuestas de una forma totalmente simétrica ya tenemos el objetivo diseñado, por lo que el coste es muchísimo menor que el de una óptica con veintiuna lentes y un montón de capas especiales puestas para evitar flares y aberraciones varias.
Diseño óptico de un 50mm f/1.4
La ausencia de distorsión de un 50mm se debe precisamente a esa simetría a la que me refería hace un momento: la imagen atraviesa la óptica sin apenas necesidad de variar su amplitud. En un gran angular lo que se hace es condensar un campo de visión muy amplio sobre la pequeña superficie del sensor, y de ahí que siempre existan deformaciones.
Del mismo modo, empleando un teleobjetivo hay de adaptar el estrecho ángulo de visión resultante a la superficie del sensor; algo que se hace mediante un complejo sistema de lentes que se puede apreciar en el esquema óptico de cualquier objetivo de este tipo.
Sin embargo, el 50mm no tiene esa necesidad porque prácticamente se limita a dejar pasar la realidad a través de sus lentes sin necesidad de expandirla y contraerla a continuación o viceversa. Un 50mm es casi como poner un tubo vacío delante del objetivo y dejar que a través de él pasen todas las cosas que vemos.

Es esa misma simpleza la que le hace ser tan nítido (no es lo mismo atravesar siete lentes que veintiuna), tener una gran apertura y, sobre todo, ser relativamente barato. Su pega es que sobre un sensor de tamaño DX (o APS-C como también se les llama) se queda un poco “largo” y perdemos su similitud con la vista humana tal y como os contaba en la review del Nikkor AF-S DX 35mm f/1.8 G; pero el resto de características quedan intactas, por lo que sigue siendo una gran óptica para darse cuenta de que en fotografía muchas veces lo más sencillo es lo que mejor funciona.














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