Hace unos días, después de haber publicado un tema de fotografía en este blog, una amiga me comentaba que ella tenía el problema de que su cámara de “sólo” 12.0 megapíxeles no era muy buena y que eso le impedía hacer fotos de calidad.
Mi primera reacción fue pensar que, efectivamente, la calidad de los aparatos y sobre todo de los objetivos, juega un papel determinante a la hora de obtener imágenes de calidad. Pero también pensé que muchas veces el valor de una fotografía no está en lo fino que sea su grano o lo escaso que sea su ruido, sino en el sentido de la oportunidad del fotógrafo, en su sensibilidad para “ver” el tema y su habilidad para situarse y para encuadrarlo.
Inicialmente me quedé más ancho que largo con este razonamiento tan sólido, fruto de la experiencia y de la pura lógica. Pero, pasados unos días, empezó a hormiguearme la conciencia: ¿Se puede hacer algo más? ¿Eres capaz de hacer una buena foto con una cámara sencilla?
Y lo que era una duda poco a poco se fue convirtiendo en un reto: “Hacer una buena composición, que parezca salida de una buena cámara, pero que en realidad esté hecha con una máquina pequeña y normalita”.
La elegida fue mi querida IXUS 8515, que es una Canon compacta de bolsillo de sólo 10.0 megapíxeles, que suelo llevar conmigo a todas partes desde que me la regalaron.Al principio no veía claro el tema, pero sí sabía que tenía que ser una foto que aguantara una ampliación de 30 x 40 y que pudiera engañar al observador hasta el punto de que pensase que se había hecho con una cámara profesional.
Recordé entonces cuánto me han impresionado siempre esos bodegones maravillosos llenos de brillos y matices que se encuentran en algunas colecciones profesionales, así que me decidí por un bodegón.
Me fui al mercado, le conté mi proyecto al frutero y me envolvió una naranja grande y hermosa, el melocotón más voluminoso del mostrador, un tomate también de considerable tamaño y un bonito racimo de uvas gordas. Volví a casa con mi tesoro y monté el plató.
Naturalmente se trataba de trabajar con medios muy primitivos, así que de soporte empleé la mesa de la plancha, que como se puede subir y bajar a voluntad da mucho juego. Una caja de herramientas me sirvió de apoyo para el fondo, que era una cartulina negra que sujeté con cinta adhesiva tanto a la caja como a la mesa. Luego cogí la cámara y la puse en un trípode pequeño y ligero que tengo para los viajes.
A partir de ahí todo consistió en ir fotografiando las frutas de una en una en el mini estudio que había improvisado.
¿Iluminación? La que entraba por el balcón tamizada por los visillos. Para rellenar un poco las sombras y que no fueran excesivamente duras, empleé por el lado contrario al de entrada de la luz una placa rígida de plástico blanco que suelo tener para estas cosas.
Por supuesto hice las foto con el auto disparador de la cámara para evitar cualquier vibración porque lo que buscaba era la máxima nitidez posible. Saqué ocho o diez fotos de cada pieza, a distintas distancias, con zoom y sin él para luego elegir.
Hasta aquí la toma fotográfica en sí. Porque lo que sigue es trabajo de ordenador, trabajo de Photoshop.
Lo primero fue elegir la foto más nítida de cada colección. Seguidamente dibujé cuidadosamente el contorno de la fruta con la herramienta “Pluma” del Photoshop y lo moldeé con la herramienta “Convertir punto de ancla”. Seguidamente seleccioné “Trazados” y cuando todo el contorno se convirtió en una línea de puntos parpadeantes, seleccioné “Invertir” y eliminé totalmente el fondo. Así fui trabajando uno a uno los cuatro elementos de la composición.
Lo siguiente fue crear un gran fondo azul bastante oscuro, pero no negro (que queda muy tétrico) y fui colocando en él con la herramienta “Mover” las frutas ya recortadas.
Seleccionándolas de una en una por “Capas” fui ajustando la luz y el color de cada pieza hasta que quedaron en su punto. Luego, para dar volumen y credibilidad al conjunto empleé “Capa” / “Estilo de capa” / “Sombra paralela”, porque la sombra acentúa la sensación de volumen.
En realidad estaba trabajando con cinco elementos diferentes, cada uno con su propia textura de piel: un tomate liso y brillante, una naranja rugosa, un melocotón peludo y un racimo de uvas que tienen cierta transparencia y están cubiertas con ese leve polvillo típico del campo; y, por supuesto el fondo oscuro, que es el que da unidad al conjunto.
Después de mover las piezas, de girarlas levemente, de darles o quitarles luz, de pasarlas por el filtro de “Enfoque” y por el de “Destramar”, el resultado final es un bodegón de lo más digno -al menos eso creo yo- hecho con una cámara de aficionado.
Tiempo de realización: una mañana para ir al mercado y hacer las fotos y una tarde para montar la composición.
Sé que habrá quien critique que no se haya hecho en una sola toma, porque en esto de la fotografía el purismo es un deporte muy practicado, pero yo me quedo con el esfuerzo y la imaginación que se ha puesto en esta imagen. Además, ¿qué fotógrafo no retoca sus trabajos?
Espero que os haya gustado y, sobre todo que os anime a no desfallecer porque os falten cinco mil euros para comprar una cámara profesional.













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